La historia de los
errores humanos es larga e imprecisable, se pierde en la noche de los tiempos.
Apareció seguramente con el hombre mismo, y la pintura más hermosa y elocuente
es sin duda el mito del pecado de Adán y Eva en el paraíso. ¿Quién les empujó a
cometer el error de comer la manzana prohibida? ¿Su propia condición de seres
humanos propensos a fallar? ¿Su destino marcado no se sabe por quién? ¿Una
fuerza extraña y poderosa representada en el diablo?
Y el error por los
siglos de los siglos de la existencia ha proseguido campante: guerras,
asesinatos, violencia, destrucción e ignorancia. Errores inevitables para
cambiar momentáneamente el futuro de los seres humanos.
Pero, ¿cuál es el
origen del error? ¿A qué se debe la tendencia innata de los seres humanos para
cometer errores, a veces muy graves? ¿Es que esa tendencia está incorporada en
el ser de las personas y no podemos escapar?
Algunos opinan que es
una condición necesaria, “sine qua non”, diríamos, para el perfeccionamiento
individual y colectivo, sin la cual sería imposible cualquier avance, porque no
tendríamos conciencia ni orientación sobre las cosas que hacemos.
¿Será que se aprende
con el error propio y ajeno? ¿Y si no dispondríamos de una capacidad mental
para darnos cuenta de lo que es correcto e incorrecto? ¿Por qué entonces tantos
errores humanos todos los días? Y por otra parte, ¿qué nos protege de los
errores de los otros?
No hay duda que
requerimos de una fuerza mental en cada instante de nuestras vidas para evitar
la caída en aquello que signifique un error y que a lo mejor arruine para
siempre nuestra existencia. Esa fuerza debe mantenerse en cada instante, como
una llama siempre viva que signifique voluntad, tolerancia, paciencia,
serenidad e inteligencia, que no son facultades adquiridas o congénitas pero se las puede
cultivar de modo permanente y tesonero, hasta por fin darnos cuenta que su
producto trae un verdadero beneficio individual y en suma, la tan
anhelada felicidad.
César Pinos Espinoza
16-jun-16.
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