jueves, 16 de junio de 2016

Reflexiones y cavilaciones sobre el error.


La historia de los errores humanos es larga e imprecisable, se pierde en la noche de los tiempos. Apareció seguramente con el hombre mismo, y la pintura más hermosa y elocuente es sin duda el mito del pecado de Adán y Eva en el paraíso. ¿Quién les empujó a cometer el error de comer la manzana prohibida? ¿Su propia condición de seres humanos propensos a fallar? ¿Su destino marcado no se sabe por quién? ¿Una fuerza extraña y poderosa representada en el diablo?

Y el error por los siglos de los siglos de la existencia ha proseguido campante: guerras, asesinatos, violencia, destrucción e ignorancia. Errores inevitables para cambiar momentáneamente el futuro de los seres humanos.

Pero, ¿cuál es el origen del error? ¿A qué se debe la tendencia innata de los seres humanos para cometer errores, a veces muy graves? ¿Es que esa tendencia está incorporada en el ser de las personas y no podemos escapar?

Algunos opinan que es una condición necesaria, “sine qua non”, diríamos, para el perfeccionamiento individual y colectivo, sin la cual sería imposible cualquier avance, porque no tendríamos conciencia ni orientación sobre las cosas que hacemos.

¿Será que se aprende con el error propio y ajeno? ¿Y si no dispondríamos de una capacidad mental para darnos cuenta de lo que es correcto e incorrecto? ¿Por qué entonces tantos errores humanos todos los días? Y por otra parte, ¿qué nos protege de los errores de los otros?

No hay duda que requerimos de una fuerza mental en cada instante de nuestras vidas para evitar la caída en aquello que signifique un error y que a lo mejor arruine para siempre nuestra existencia. Esa fuerza debe mantenerse en cada instante, como una llama siempre viva que signifique voluntad, tolerancia, paciencia, serenidad e inteligencia, que no son facultades adquiridas o congénitas pero se las puede cultivar de modo permanente y tesonero, hasta por fin darnos cuenta que su producto trae un verdadero beneficio individual y en suma, la tan anhelada felicidad.

César Pinos Espinoza

16-jun-16.

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