Puerto Morona, una promesa nacional
Pasamos por el pueblito de Patuca y luego por la brigada
del mismo nombre, ahora llamada Brigada de Guerra. Los auténticos héroes, los
“rambos”, ya no están allí, pues luego
de 15 años del hecho seguramente descansarán en sus casas, ojalá tranquilos y
libres de pesadillas, contando a los suyos las hazañas del hecho infausto; de
los otros, los antihéroes, en algún lugar vociferan todavía, sin provecho para
la Patria. Pero ese no fue el motivo que nos llevó por esos lares sino otro, un
proyecto auténtico, factible, hermoso, codiciado y a lo mejor de provecho para
los ecuatorianos: el acceso a Puerto Morona y por ende al río Amazonas.
Personajes que
fueron pioneros
Han transcurrido, según dicen, 23 años de la construcción
de la carretera Méndez-Morona y hoy se retoma el intento, pues, no se sabe qué
paso, pero el proyecto inicial materialmente se perdió en la selva. De lo que
fue, queda ahora sólo un pequeño poblado casi perdido en la montaña y uno que
otro caserío en la ruta. Se trata de San José de Morona, que según don Azhico
Siranaula, un sanfernandense radicado allí desde hace 33 años, el nombre es por
el ex general José Gallardo, quien igual que su compañero general Paco Moncayo,
fueron los pioneros, vislumbrando la importancia de la zona para crear
fronteras vivas y más tarde acceder al río mar, cuando el CREA era un poder
creador y constructor.
Desde Patuca el proyecto es de 150 kilómetros y Fopeca
trabaja intensamente; un 25% prácticamente está listo con asfalto, para el
resto un gran equipo caminero, como pocas veces se ha visto, lucha contra la
naturaleza y el tiempo, debiendo concluir en diciembre próximo. Algo
improbable. Pero habrá que viajar nuevamente en noviembre para ver qué sucede.
El bus de la Macas que nos transporta en cinco horas nos deja en Santiago de
Tiwintza, esto es en la mitad del camino. Llegamos a las 3 de la madrugada, no
hay alojamiento y toca hacer el intento de dormir prácticamente en la
intemperie, “tapado con las manos” y como decía el recordado Cuco Sánchez,
aceptando que “de piedra a de ser la cama y de piedra la cabecera”; de lo que
sigue, nada. No hay más, a mal tiempo, buena cara.
Una familia con
valores
En un modesto restaurant
desayunamos, verificamos lo poco que ha avanzado esa cabecera cantonal
en seis años de creación y a las 11h00 proseguimos con dirección a Yaupi. La
vía no es diferente, pero está en construcción y en el punto se encuentra un
campamento junto al río del mismo nombre con un monumento que parece ser del
Teniente Ortiz, joven héroe de 1941 caído por esos lugares en defensa de la
Patria. Cómo habrá sido ese rincón hace 70 años si hoy casi está perdido en el
mapa. El río luego desemboca en el Santiago y pasando por el famoso Pongo de
Manceriche, va a parar en el Marañón. Atravieso el puente caminando y en espera
de otro bus que me lleve al destino final. Antes, descanso en la casa de
Washington Zabala, un campesino joven que lo encuentro rodeado de sus cinco
pequeños hijos, me recibe amablemente y luego su esposa me brinda un pozuelo
con chicha de chonta, que para la sed y el calor no estaba mal. Me cuenta que
navegando por esos lugares se llega al campamento Soldado Monge, nombre de un
joven militar que antes del 95 hacía de correo pero al ser sorprendido por una
patrulla peruana, fue asesinado. La familia que me recibe es generosa y me
invita a volver; encuentro en ellos valores que a veces no existen en la
ciudad: los niños le piden al papá ver una película de guerra, pero él les dice
que no, y ellos le obedecen calladamente.
De Puerto Morona
al Amazonas
A las 15h00 llega el bus, me despido y me embarco. En dos
horas más llego a Puerto Cashpaine y enseguida a Puerto Morona. La carretera
cada vez es peor, a veces el bus casi se detiene por lo difícil del camino.
Puerto Morona no es el término de mi viaje pero sí el objetivo principal. El
denominado puerto no es ninguna cosa del otro mundo: varias casitas campesinas,
una tienda, un comedor y bajando un poquito, la gabarra para que pase el bus
vacío, porque los 15 pasajeros debemos atravesar el río por un puente colgante
de un poco más de cien metros de largo. Hace mucho calor en ese sitio, por allí
veo una construcción a medio hacer, dicen que tiene fallas y que estaba
destinada a un mercado libre o algo así. Lo cierto es que la intención es unir
al puerto de Manta con Puerto Morona y de allí embarcar los productos por el
río hacia el Amazonas, pasando por Iquitos hasta llegar a Manaos y otros lugares
de Brasil. De igual modo, recibir todo el comercio posible desde Perú y Brasil.
Es un sueño que puede tornarse en realidad quizá dentro de un año o más.
Un sueño que
puede hacerse realidad
Proseguimos hacia San José de Morona, pequeño caserío
solitario junto a cuya larga calle principal se encuentran algunas viviendas
pequeñas, y ya en horas del crepúsculo pasan campesinos que retornan de sus
labores finqueras; unos traen bagres grandes para su casa y algún otro
producto. Jóvenes, chicas, niños y adultos pasan delante de nosotros, saludan sonrientes
y van a sus hogares. Converso, les digo qué hago y les animo diciendo que en
dos años ese pueblo será uno de los más hermosos y pintorescos y que yo a lo
mejor retorne para quedarme a vivir en él. Mientras tanto llega la noche, las
aves cantan, animales de la espesura gritan su naturaleza, y en el modesto hostal
de cinco camas me apresto a descansar, haciendo un recorrido de los minutos y
las horas vividas y proyectando en la mente lo que en verdad puede suceder
cuando la promesa de una ruta hacia el Amazonas se cumpla, ojalá para hacer olvidar
los trágicos momentos pasados y construir un futuro laborioso, de paz y amistad
con pueblos y nuevos e insospechados ribereños del gran río.
César Pinos Espinoza.
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